La fiesta de Maripuri era total. Mi doncella bailaba descalza. Yo la miraba y no sabía si aquello era la danza del vientre, un pasodoble, un tango, o una sevillana extraña. Unos músicos despeinados tocaban el amor brujo. Si Falla los hubiera visto, los decapitaba allí mismo.
-Bienvenida, mi Princesa.
¡Tierra trágame! Me miré y me vi con bata y camisón. No estaba vestida ni para contar un chiste malo.
-Que bote, que bote la Princesa -gritaron los invitados de Maripuri, todos tan futboleros como ella.
-Cántale a la Princesa -dijo Maripuri.
¿Quién me iba a cantar? ¿Un músico desmelenado?... Pero si el cantante era el contable Juan...
No me pude contener. Yo aquello lo bailaba. Agarré al jardinero Jordi y bailamos todas las canciones de Sabina que cantaba el contable Juan. Maripuri seguía con sus bailes extraños.
En esas estábamos cuando llegó mi Felipín con traje militar y la niña vestida de princesita. Parecía Isabel II. Grité:
-¡Viva la Reina!
-Leta, recuerda quien eres.
-¡Calla!
-Déjame hablar.
-Soy yo la que te digo que me dejes hablar. Aquí hay fiesta, si te quedas bailas, y si no quieres bailar, para casita con la Infanta.
Mi Felipín obedeció a medias. Se sentó en un sillón con la niña y esperó a que acabara el festejo de Maripuri, con paciencia de esforzado esposo.

