Después de nuestro viaje a Ceuta y Melilla me apetecían unos días de camping. Mi Felipe se apuntó enseguida. Le gustan mis ideas locas. Y la idea más loca que se me ocurrió fue salir al jardín con una tienda de campaña, montarla, ponerle un radiador, llevar una neverita y pasar la jornada en plena naturaleza de La Zarzuela.
Felipe temía que se calentaran las bebidas con el radiador. No fue el caso. La nevera mantuvo los refrescos bien fríos durante 14 horas. Cuando noté que la Coca cola ya estaba calentándose, le dije a mi marido que había que volver a casa.
-¿No íbamos a dormir bajo las estrellas? -preguntó decepcionado.
-No, amor. Dormiremos en nuestra cama de matrimonio y, si quieres ver las estrellas, te dejo la cortina descorrida.
Mi Felipe agarró la nevera mochila y se la echó al hombro. La llevaba sin esfuerzo. Recordé que la mochila no pesa casi nada. No era que el Rey de España fuera un Sansón venido a más. Con aquella nevera-mochila podía cualquiera.
-Solo queda una cerveza sin alcohol, Leta, ¿la quieres?
-Prefiero una sidra.
-Pues una sidra será.
Con el abridor que trae la mochila, mi Felipe abrió las bebidas. Brindamos. Yo levanté mi botellín de sidra hacia las estrellas que empezaban a enseñarse en el cielo anochecido de Madrid. Había que brindar con los astros también.
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